miércoles, 9 de enero de 2019

Crónica de un suceso inesperado


 Un día de navidad cualquiera tras trece horas de trabajo por la carga de éste en dicho periodo festivo llegaba yo a casa. Por el camino, en el tren, iba pensando en todo lo que me perdía en esos últimos días de cole, acostumbrado a recoger al peque a la salida y compartir unos pequeños momentos, en que quizá últimamente no me implicaba tanto en mi paternidad como hace unos años, cuando el Pequeño Cavernícola era más pequeño y me necesitaba más, en cómo pasa el tiempo y en cómo crece.

 Con un regusto de nostalgia, de culpabilidad, de tristeza, de pesar, me bajaba del tren y recorría el corto trayecto cuesta arriba hacia casa, hacia la caverna... Por suerte era pronto aún, me quedaba un ratito para ver al peque y a la Mamá Moderna antes de que se fueran a dormir ya que se acuestan a la vez prácticamente. Pero lo que me encontré al llegar a casa no me lo esperaba.

 Nada más entrar por la puerta, tras unas milésimas de segundo apareció mi hijo corriendo por el pasillo al grito de "¡¡Papi!! ¡¡Papi!!", me abrazó fuertemente y me dio un beso. Normalmente se alegra de verme, a veces me da un beso aunque normalmente soy yo el que se acerca y se lo da, otras se esconde y otras no le apetece que yo llegue a casa. Así que me embargaba la sorpresa, me sentí emocionado, pletórico. Tuve tiempo de bañarle, ponernos el pijama, lavarle los dientes y ver un poco los dibujos juntos.

 Fue un momento maravilloso, de esos que hacen que olvides un día agotador o un día de mierda y se convierta, instantáneamente, en un día increíble que pasará a ese rincón de la memoria donde guardo los momentos mágicos, ese rincón que intentaré mantener vivo con el paso del tiempo, del que guardaré la llave en el bolsillo para poder abrirlo siempre que me apetezca.

 Ha sido la primera vez, no se si vendrán más o no. Pero sé que ese momento, de otra manera, hace años, no podría haberlo vivido. Mi día habría consistido en llegar a casa igual de reventado y nada lo habría hecho mejorar tan de golpe como en esta ocasión.

 Sí, la paternidad me ha hecho no tener todo el tiempo que antes podía dedicar a mis hobbies, a mi mujer, a mis amigos... pero todo lo que paternidad me da en un segundo no lo cambiaría por nada del mundo. Jamás cambiaré ese abrazo que lo vale todo por nada del mundo.

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